viernes, 23 de enero de 2015


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miércoles, 21 de enero de 2015

BirdTrack!

    Desde que llegué a Inglaterra, varios ornitólogos me han recomendado que me hiciera una cuenta en BirdTrack, y de hecho me descargué hace tiempo la app para el móvil, pero no le hice mucho caso. Al principio me pareció un pelín difícil y me daba error al crearme la cuenta, así que desistí rápidamente. 
    Este año, en la universidad, estamos participando en el "University Birdwatch Challenge", una especie de competición entre universidades del Reino Unido, para ver qué campus tiene más especies, y así animar a alumnos y trabajadores de la uni a entrar en el mundo de las aves. Hemos hecho alguna que otra salida con más gente, pero básicamente se trata de apuntar todas las especies de aves que se ven dentro de los límites de la universidad. Estas observaciones se suben a BirdTrack.
    Pero... ¿qué es BirdTrack? 
Probablemente, si os metéis en la página web de BirdTrack, lo primero de lo que os daréis cuenta es de que... sí, está en inglés. Pero no os preocupéis, porque eso no es problema de momento, ya que SEO/Birdlife ha anunciado que van a trasladar los datos de su Cuaderno de campo (el BirdTrack español) a BirdTrack, unificándolo todo.
Pinzón vulgar (Fringilla coelebs), un ave común en bosques, parques y jardines de toda Europa.
    En BirdTrack se introducen listas y observaciones de aves por zonas. De momento, ya digo, es más fácil hacerlo si eres británico, aunque también hay una opción para hacerlo de forma global. Cuando introduces un nombre (en inglés o científico) tienes la opción de seleccionarlo según aparece en varias listas mundiales, y también se puede indicar la cantidad de individuos que había, el plumaje que presentaba, etc. Entonces qué, ¿os animáis a subir citas?
    Y ahora, para adornar la entrada y el blog y para que os animéis a pajarear y a registrar lo que veis, os dejo unas fotos de varios pajaritos.
Garcilla bueyera (Bubulcus ibis) en Albacete.
Alcatraz atlántico (Morus bassanus) en Bempton Cliffs.
Cigüeñuela común (Himantopus himantopus) en Albacete.
Flamenco rosa (Phoenicopterus roseus) en Horna (Albacete).

martes, 20 de enero de 2015

Ciervos, buitres y águilas | Por la Sierra del Relumbrar

    Eternas laderas de rojiza piedra metamórfica cubiertas de encinares y jarales nos recibían a -6º C el pasado día 7 de enero. Andábamos en busca de grandes rapaces ibéricas y otros representantes de nuestra fauna, así como otros pajaricos y cuadrúpedos. 
Macho de ciervo rojo (Cervus elaphus).
Ciervas rojas (Cervus elaphus).
    Entre la espesura del paisaje, tras las vallas cinegéticas de las fincas, al borde de los vallejos donde se acumulaba la niebla, unos ojos nos miraban tras los enredos del vapor en los tallos de romeros, jaras y encinas. La enhiesta cuerna, irguiéndose como un roble, coronaba la testa del gran venado. No muy lejos de allí, un grupo de hembras pastaba, devorando crujientes brotes de hierba entre el pedregal. En los altos riscos de un abrupto macizo cercano, cubierto de encinas, un grupo de buitres leonados (Gyps fulvus) descansaba tranquilo, esperando a que el sol se alzara más. 
Invierno en Sierra Morena.
    La fría mañana de enero sorprende a los naturalistas que se adentran en la Sierra Morena albaceteña, a la cual la fauna y flora locales ya están acostumbrados. No muy lejos de los buitres, en un árbol raquítico a unos metros de ellos, la gran águila ibérica, el águila imperial (Aquila adalberti), observaba sus dominios. Nos detenemos a observar. Me gusta sentir a los animales cerca, aunque simplemente sean un punto negro y blanco en el oscuro encinar, un canturreo carraspeante de una curruca cabecinegra (Sylvia melanocephala) escondida dentro de un grueso lentisco, o un lejano grupo de jabalíes en busca de bellotas que todavía no hayan sido escondidas o comidas por los demás animales... Mientras se alzaba el sol, subiendo lentamente (muy lentamente) la temperatura y los animales seguían haciendo aparición, me detuve a observar las plantas que crecían al borde del monte.
Cencellada sobre lentisco (Pistacia lentiscus).
Jaguarzo negro (Cistus monspeliensis).
Torvisco o matapollos (Daphne gnidium).
    Algunos pajarillos también hacían su aparición entre las heladas ramas de los lentiscos. Pude avistar el rápido vuelo de una curruca cabecinegra, un curioso petirrojo (Erithacus rubecula) y una tarabilla europea (Saxicola torquatus).
Tarabilla europea (Saxicola torquatus).
    Entre los sonidos matinales se distinguía el griterío del córvido social, el rabilargo ibérico (Cyanopica cooki), una urraca multicolor cuyo pariente más cercano, del cual se ha reconocido como especie distinta, habita en la India. Su bello plumaje beige, negro, blanco y azul pone una nota de color en el monte mediterráneo, y no deja lugar a dudas a la hora de identificarlo.
Rabilargo ibérico (Cyanopica cooki), llamando.
Un par de rabilargos ibéricos (Cyanopica cooki), de un grupo de varios ejemplares.
Rabilargo ibérico (Cyanopica cooki).
    Resulta muy interesante observar las idas y venidas, los jugueteos y revoloteos de estos córvidos tan gregarios e inteligentes. La solana matutina ya había calentado la parte superior del chaparral, pero en rincones a la sombra todavía quedaba hielo. Las jaras pringosas empezaban a aliñar el aire con su característico olor ladanífero y unas cristalinas gotas relucían en los rojos frutos de un madroño cercano. 
    La vida seguía su curso conforme avanzaba el día, y los buitres ya habían empezado a volar a mediodía. Decenas de buitres leonados surcaban los cielos que coronan los encinares, moviéndose curiosos hacia nosotros, cada vez a menor altura, sin un aleteo, dejándose llevar por las corrientes atmosféricas. Permanecí quieto observándolos, deleitándome con el sonido que hacían al acariciar el aire con sus fuertes plumas.
Buitre leonado (Gyps fulvus).
Buitre leonado (Gyps fulvus).
Buitre leonado (Gyps fulvus).
Buitre leonado (Gyps fulvus).
El vuelo de los leonados.
     Uno de los buitres, aunque no nos dimos cuenta en aquel momento, llevaba marcas alares. Según investigó Rafa al descargar las fotografías del ejemplar, se trataba de un ejemplar hembra marcada por el Gobierno de Aragón. Anteriormente, ese ejemplar se había observado en La Rioja, Zaragoza y Córdoba. Podéis leer más en esta entrada en El Nido de Rafa.
Doradilla (Asplenium ceterach), un helecho que me sorprendió mucho por su ubicación, en un hueco entre rocas, pero bastante expuesto al calor y a la insolación. Se aprecian también algunos líquenes típicos que aparecen en esta zona.
Enebro de la miera (Juniperus oxycedrus).
    La lista de aves iba creciendo conforme avanzaba el día, ya habíamos visto tres de las cuatro grandes rapaces observables en esta época en la Sierra del Relumbrar: un águila real (Aquila chrysaetos), águila imperial ibérica y buitre leonado, pero aún quedaban horas de paseo ininterrumpido y observación de vida salvaje en todo su esplendor.
Ciervos y un jabalí (Sus scrofa).
Los dominios de la imperial.
    Desde el Este, de repente, una nube de buitres comenzó a llegar. Y las águilas comenzaron a cantar. Un graznido como de cuervo que resonaba por todo el monte, "cloc, cloc, cloc, cloc". Un aviso. Estas son mis tierras, podéis pasar pero no os quedéis. Y entonces vino ella, alzando el vuelo. La negra rapaz, de ancha silueta y blancos hombros. Por allí volaba el águila imperial ibérica, planeando, girando, contemplando la tierra. 
Águila imperial ibérica (Aquila adalberti)
Lo cierto es que tuvimos buenas vistas, no de las mejores, pero siempre se agradece reencontrarse con este fantasma que regresa. Tampoco hacía falta molestar ni entrar en terrenos privados, donde estábamos era un lugar decente para observar sin molestar. Y así fue como Jess bimbó al águila imperial ibérica. Yo he de reconocer que cada vez que vuelvo a ver una, es como si nunca la hubiera visto antes, un reencuentro, una especie de vivencia mística en la que experimento muchas sensaciones (mentales sobre todo, y dentro, en el corazón) a la vez. Era emocionante.
    De lejos se oían los berridos, suspiros y gruñidos mientras los jabalíes hozaban campos aledaños. Algunos otros paseriformes también dejaron verse, como el verderón común (Chloris chloris), el pinzón vulgar (Fringilla coelebs), el triguero (Miliaria calandra) o el gorrión chillón (Petronia petronia).
Verderón común (Chloris chloris).
    Entretenidos mientras observábamos águilas y buitres, en un alto risco, una cabra montesa (Capra pyrenaica) contemplaba el panorama. En una ladera, descubrimos una forma blanca que nos llamó mucho la atención. Tras mirar bien y hacer fotos y darle al zoom, descubrimos que se trataba de una cierva blanca completamente, un magnífico individuo albino. Nos preguntamos cómo es posible que sobreviviera ahí siendo tan llamativa, pero puesto que no hay depredadores naturales, concluimos en que es posible que se mantuviera allí por interés, porque a los cazadores les haría gracia verla y todavía no le habían hincado la bala. La cierva albina se encontraba junto a otro grupo de ciervas, que la aceptaban como una más. Mucho más cerca de nosotros, a la sombra de unas carrascas, un personaje de aspecto más otoñal nos sorprendía: un cuesco de lobo (Lycoperdon). Los cuerpos fructíferos de este hongo, al madurar, presentan un aspecto grisáceo con forma de bolsa hinchada y una abertura en la parte superior. Cuando algo, por ejemplo, gotas de lluvia, cae sobre él, las esporas salen disparadas desde dentro a través de esta boquilla.
Cuesco de lobo (Lycoperdon).
"Vareto", ciervo rojo (Cervus elaphus).
Ciervas (Cervus elaphus).
    Mientras nos deleitábamos con la presencia de unos ciervos cercanos, y dándome cuenta de que quedaba poco tiempo para que nos fuéramos (el sol comenzaba a bajar), eché un vistazo rápido con los prismáticos, barriendo el horizonte alrededor, centrándome en los picos cercanos. Un ave oscura, parda tirando a negro, volaba a unos quinientos metros de nosotros, confundiéndose con el fondo de riscos salvajes. ¿Era aquello...? Parece un buitre leonado, pero tiene algo que no me convence. Rafa, creo que estoy viendo un buitre negro, le dije a mi amigo en voz baja. Pues sí, me contestó. Por fin veía a una de las aves ibéricas que más me ha costado ver, y allí, lo tenía delante, en un día cualquiera de pajareo por mi tierra, el gran buitre monje, el buitre negro (Aegypius monachus) volaba tranquilo sobre los montes.
Foto testimonial del joven buitre negro (Aegypius monachus).
    Esta especie todavía no cría en la provincia de Albacete, pero cada vez es más común verla por la zona oeste. Incluso, hace menos de dos años se vio uno en Chinchilla, un individuo joven, y se han ido observando cada vez más por la zona centro. Esperemos que siga expandiéndose y recuperando viejos territorios.
    En fin, ahí estaba yo, pensando que por fin podía tachar al buitre negro de la lista, pues era el último buitre ibérica que me quedaba por ver. Fue una experiencia muy agradable.
    El día acababa y, como siempre que vamos a esta zona, nos sentimos complacidos, vimos mucho, sentimos mucho y, como siempre, aprendimos mucho. Los montes se doraban conforme los rayos de sol se volvían más horizontales, y los herbívoros se extendían por los campos aledaños, en busca de brotes verdes. Fue una jornada completa y estupenda.
    Si queréis ver más imágenes de aquel día, podéis entrar al blog de Pink Cuckoos y El Nido de Rafa. Más información sobre la naturaleza de esta zona, en esta otra entrada.
Parte de una piara de jabalíes (Sus scrofa).
Ciervo inmaduro y dos jabalíes internándose en la espesura.

domingo, 4 de enero de 2015

Tour fotográfico casero

    Hoy, antes de comer, a la hora de la siesta del borrego, decidí desenfundar mi cámara y explorar mi propia casa, desde la terraza hasta el patio, a ver qué me encontraba. Es sorprendente la cantidad de vida que uno puede encontrar alrededor, incluso en los lugares más inverosímiles, y por esto, un naturalista nunca dejará de sorprenderse con las idas y venidas de los estorninos del tejado, tanto como si se tratasen de buitres leonados congregándose en torno a un cadáver de cuadrúpedo en un muladar. Incluso en invierno es posible encontrar seres sorprendentes muy cerquita de nosotros, en nuestro propio hogar.
    Desde la ventana de mi habitación, hoy he podido contemplar un grupo de gorriones comunes (Passer domesticus) que merodea siempre en torno a mi casa, porque saben que siempre pueden encontrar comida, agua y refugio en el patio. Había dos machos, con su espléndido plumaje de invierno, asoleándose al borde del tejado de la casa de al lado, acompañados de algunas hembras.
Gorriones comunes (Passer domesticus), machos.
Gorrión común (Passer domesticus), hembra.
Gorrión común (Passer domesticus), hembra.
    De mi habitación he subido a la terraza, a ver si pillaba algún estornino con la cámara, pero no ha habido esa suerte. De hecho, lo único que he visto han sido los gorriones y he oido una lavandera blanca reclamando. Sin embargo, me he entretenido con los líquenes que crecen sobre las tejas...
No estoy muy puesto en líquenes, pero puedo distinguir al menos tres o cuatro tipos diferentes en la imagen.
    Los líquenes crustáceos, es decir, aquellos que crecen fuertemente unidos al sustrato (roca, madera, etc.) son, muchas veces, los primeros colonizadores visibles en cualquier estructura expuesta a los elementos. Crecen de forma marginal, extendiéndose y cubriendo amplias zonas. En ocasiones se solapan varias especies, creando un espectáculo visual a pequeña escala digno de admirar. 
    Sobresaliendo entre el mar de tejados de mi alrededor, pude observar varias especies de árboles, como el olivo (Olea europaea), la higuera (Ficus carica), el almendro (Prunus amygdalus), el árbol del paraíso (Eleagnus angustifolia), el pino carrasco (Pinus halepensis), que es el árbol más plantado en esta zona de Albacete, y el piñonero (Pinus pinea).
Semillas de ailanto (Ailanthus altissima).
Joven pino piñonero (Pinus pinea) asomando tras los tejados.
    Hacía un poco de fresco y aparte de líquenes no había mucho más que ver, así que me he dirigido al patio. En el ramaje del joven olivo del patio, una langosta mediterránea o anacridio (Anacridium aegyptium) tomaba el sol. Este mismo anacridio, lo rescatamos el otro día de la puerta de la calle, llevaba varios días allí y antes de fin de año lo metimos al patio para que no muriera aplastado en caso de ser descubierto por algún transeúnte insensible.
El anacridio es de los pocos saltamontes observables en esta
zona de Albacete en pleno invierno.
    Algunos arbustos de floración invernal como el romero o el durillo ya abrían sus capullos y algún zumbido distraido de moscardón ya sonaba bajo el sol de enero. Entre ellos, los frutos del arrayán (Myrtus communis), también llamado mirto o murta, que llevan maduros desde verano casi, pero ahí siguen. 
Frutos de arrayán (Myrtus communis).
    Finalmente, en una parte más sombría, he descubierto dos caracoles, ambos bastante comunes en zonas urbanas.
Un "boquinegro", puede que Otala lactea. 
Caracol común de jardín (Helix aspersa).
    Tal vez hoy no era el mejor día para "bichear", y a lo mejor si hubiera salido a la calle, habría encontrado más especies, pero simplemente me apetecía mostraros que incluso en nuestro hogar, en pleno invierno, junto a nosotros, encontramos decenas de especies bastante comunes que puede que lleguemos a minusvalorar. ¿Quién no está acostumbrado al incesante gorjeo de los gorriones? ¿Quién no ha observado alguna vez los caminitos plateados que dejan los caracoles a su paso por paredes, macetas y suelos por la noche? La naturaleza está ahí y debemos aprender a observar y entender, no solo a mirar. Solo así podremos entender que todo está conectado, todas y cada una de las especies del planeta Tierra estamos conectadas en el tejido de la vida.

sábado, 6 de diciembre de 2014

Una visita inesperada

    Hace ya cuatro años, una tarde, andaba yo distraído por mi habitación, consultando libros sobre no sé qué suerte de diplópodo (milpiés) que había observado horas antes en el monte. No conseguía dar con la especie y en todos mis libros aparecían siempre júlidos similares, pero no la especie que yo había visto. Días después descubriría que se trataba de Ommatoiulus rutilans, un milpiés muy común en zonas de matorral mediterráneo y que no aparece en muchas guías.
    Era ya tarde, llovía fuera. Me recosté en el sillón con los ojos cerrados. Podía oir el repiqueteo del agua que bajaba lamiendo las tejas y el estruendo que producía al caer al patio, organizando un concierto cuyo sonido siempre me ha tranquilizado mucho. Tras permanecer un rato así, abrí ligeramente los ojos, enfocando directamente a las oscuras vigas de madera, y a los blancos revoltones, que hacen que el techo parezca una gran tarta de nata. Me di cuenta de que, en uno de esos huecos redondeados del techo, había una pequeña criatura que proyectaba una ligera sombra sobre la pintura blanca. Me levanté, para ver de qué se trataba. Cuál sería mi asombro al descubrir que se trataba de una araña que yo conocía muy bien pero que nunca había visto, era sin duda una araña escupidora (Scytodes velutina delicatula).
El ejemplar de Scytodes velutina, pocos segundos después de encontrarlo.
    ¡Qué alegría! Esos revoltones del techo son el lugar ideal para que varias especies de arañas establezcan sus zonas de caza, ya sean redes o simplemente como lugar de acecho. ¡Qué digo! No solo los revoltones, sino toda la casa. Desde que me interesan estos temas y tengo capacidad de identificar especies, he contado bastantes géneros, solo en mi casa, entre ellos: Pholcus, Holocnemus, Steatoda, Araniella, Araneus, Philaeus, Heliophanus, Salticus, Menemerus, Tegenaria, Misumena, Thomisus... y con esta, también Scytodes.
¡BU!
    Al verla, rápidamente la capturé con cuidado, colocándola sobre mis manos con cariño, y la puse sobre un folio en la mesa, con luz. El adorno de su prosoma, que era más grande que el opistosoma, me sorprendió, parecía una máscara de luchador mexicano. Sus patas, delgadas, translúcidas, con dos anchas bandas oscuras en las tibias, la delatan para diferenciarla de su prima hermana S. thoracica, que cuenta con cuatro bandas en cada tibia.
     Cuando se vio en peligro, la arañita se encogió en una pequeña bola, haciéndose la muerta, como se observa en la imagen inferior.
Cuando se ve en peligro, las arañas escupidoras se hacen las muertas.
    La vida y costumbres de estas arañas es entretenida. El nombre en castellano, araña escupidora, hace referencia a su manera de cazar. Estas arañas no construyen ninguna tela. Simplemente, se dedican a pasearse por la noche por rincones olvidados, techos, paredes..., a ver qué se encuentran. Son incapaces de corretear, se mueven lentamente, con el primer par de patas palpando el terreno. Muchas veces, lo primero que se encuentran son pequeñas hormigas, otras arañas, cochinillas, pececillos de plata... Una vez que se encuentra a una distancia decente de la presa, la araña dispara un chorro de seda pegajosa en zig-zag con los quelíceros, como una red, que adhiere la presa al suelo y la deja bien sujeta. Así, la araña puede devorar la presa lentamente sin necesidad de saltar o corretear detrás de ella ni construir una gran tela. Podéis ver este comportamiento en este clip de la serie de televisión "El jardín viviente".
    Según leo en un interesantísimo libro que me regalaron esta semana (The world of spiders, de W. S. Bristowe), el cortejo es casi inexistente en este grupo de arácnidos. Simplemente, cuando un macho dispuesto a aparearse encuentra a una hembra, se dedican al acto en sí mismo, con algunos tocamientos tímidos previos con las patas. Además, los machos no muestran hostilidad entre ellos. Al contrario. A veces, incluso, uno puede intentar cortejar a otro durante un rato (what? ¿homosexualidad invertebrada?), pero finalmente el cortejado acaba hartándose y le lanza una pequeña cantidad de telaraña para deshacerse de él, aunque sin ánimo de enzarzarse en lucha. El apareamiento tiene lugar durante todo el año, si bien las puestas suelen realizarse en verano.
Hembra de Scytodes con un saco de huevos sujeto a las espineretas y sujeto por los palpos.
Extraído de The World of Spiders, de W. S. Bristowe (1958).
    Una vez emergen las jóvenes arañitas, tras unas dos semanas, la madre deshace los hilos que envuelven y mantienen unidos los huevos, y permanecen junto a la madre durante unos diez días más.
    Las arañas escupidoras se desarrollan lentamente, pueden llegar a vivir unos cinco años y mudan hasta seis veces antes de alcanzar la madurez. Cuando la Scytodes siente que sus días en este mundo se acaban, se vuelve menos activa, su cuerpo oscurece y su abdomen encoge. Puede también escupir telaraña, pero como mera defensa, ya que dejan de comer hasta morir. Dicho así suena muy triste, pero así es la naturaleza. Su forma de morir me recuerda bastante a las de las mantis, el quedarse quietas, como desganadas, esperando el final hasta amanecer sin vida...
    Tras un rato de observación y toma de fotografías, dejé a la Scytodes velutina delicatula en un rincón escondido. He seguido viendo varios ejemplares de Scytodes desde entonces en diversos lugares de la casa y siempre me alegro de verlas por ahí, encogidas o paseándose por el techo, con su caracerístico movimiento de patas, en busca de algún pequeño animal que llevarse a la boca.
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